Transcripción de la lectura del actor José Sacristán realizado el 29.4.25, por lo que las puntuaciones pueden variar con respecto al original.
— Las locuciones latinas y otras expresiones poco conocidas van acompañadas de su traducción al español, en cursiva, para facilidad del lector.
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¿Qué es la poesía?
Señor director, señoras y señores académicos, señoras y señores, perdonadme que haya tardado más de 4 años en presentarme ante vosotros. Todo este tiempo ha sido necesario para que venza yo ciertos escrúpulos de conciencia.
Tengo muy alta idea de la Academia Española, por lo que ha sido, por por lo que es, por lo que puede ser. Me habéis honrado mucho, demasiado al elegirme académico y los honores desmedidos perturban siempre el equilibrio psíquico de todo hombre medianamente reflexivo.
Cuando nos alejamos de la juventud, que es casi toda ella anhelo de porvenir y por ende ansia de todo lo posible, limitamos el campo de nuestras aspiraciones. Creemos conocer ya no solo el ritmo, sino la ley que ha de regir la totalidad de nuestra vida y renunciamos a hacernos ilusiones. Quiero decir que aspiramos a vivir de realidades.
Pensamos entonces que lo real de nuestra vida es solamente aquello que no pugna con la norma ideal que habíamos sacado, por abstracción, de nuestra experiencia. Es la edad en que fatalmente desconfiamos de merecer todo honor y toda aventura que no esperábamos.
Así, el hombre que en plena juventud no logró inquietar demasiado el corazón femenino y ya en su madurez vio claro que los caminos de don Juan no eran los suyos, se siente algo desconcertado y perplejo, “candidior postquam tondenti barba cadebat” (cuando , afeitándome, ya más canosa caía su barba) si alguna bella dama le brinda sus favores.
Te pongo este ejemplo, aparentemente inadecuado, para demostraros que no es menosprecio del honor que nos espera o de la dicha inopinada la causa de nuestro desconcierto y perplejidad, porque quién habrá que desdeñe el amor aunque le llegue cuando el sueño perdurable comienza a enturbiarle los ojos.
Es que, en verdad, lo que no estaba ya en el campo de nuestras esperanzas, si por azar nos aparece, no logra convencernos de su realidad.
Por eso habéis de perdonarme, señores, este rubor y esta timidez con que llego ante vosotros y el que yo, académico electo desde el día ya lejano, en que vertisteis sobre mí la cornucopia de vuestras bondades, me haya preguntado muchas veces y me pregunte todavía si merezco serlo, si en realidad lo soy.
No creo poseer las dotes específicas del académico, no soy humanista ni filólogo ni erudito, ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y tal vez por ello con escaso aprovechamiento.
Pobres son mis letras en suma, pues aunque he leído mucho mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura y confesaros sé que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron.
Quiero deciros más, soy poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce solo cuando dice algo interesante y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada.
Amo a la naturaleza y al arte solo cuando me la representa o evoca y no siempre encontré la belleza allí donde literariamente se guisa. Pero vosotros me decís académico no debo yo insistir sobre el tema de mi ineptitud para hacerlo. Algo habrá en mí que a vuestra dilección me recomienda.
Además, yo acepto el honor que me habéis conferido como un crédito que generosamente me otorgáis sobre mi obra futura. A reconocer esta deuda vengo a vuestra casa, confiado en que, al lado vuestro, podré mostraros al menos cuánto es sincera mi voluntad de pagarla.
Y ahora quisiera hablaros algo de poesía. ¿Qué es la poesía? Pregunta es esta que yo muy rara vez me he formulado. Sin el examen de conciencia a que el acto de presentarme ante vosotros me obliga, la poesía no hubiera sido nunca para mí un tema de reflexión. Ella es, sin duda, el más alto deporte de la inteligencia, pero acaso también el más superfluo.
El más pobre en conclusiones positivas. Cuando es dogmática, parte de una definición para tornar a ella y cuando no lo es, solo nos descubre su propio problema, la dificultad de definir eludiendo definiciones. La lírica fallece se ha dicho porque nuestro mundo interior se ha empobrecido, y se dice con alguna verdad, aunque no siempre sabiendo lo que se dice.
Porque no olvidemos que nuestro mundo interior, la intimidad de la conciencia individual es en parte invención moderna, laboriosa creación del siglo 19. Tras el simbolismo francés comienza el periodo de franca desintegración, la reducción al absurdo del subjetivismo romántico.
En los años de la guerra y en los que inmediatamente la siguieron, entre múltiples escuelas literarias que duran unos días, efímera producción de grupos de vociferadores que aspiran a la abigarrada y absoluta novedad, aparecen dos frutos maduros y tardíos; mejor diré, rezagados del espíritu ocultista.
Me refiero a la obra de Marcel Proust en Francia y de James Joyce en Inglaterra. Ni Proust ni Joyce pueden llamarse poetas en el sentido estricto de la palabra, pero los poemas esenciales de cada época no siempre son la producción de los cultivadores del verso. ¿Qué es lo actual en poesía?
Ya no es el “fugit irreparabile tempus” (el tiempo huye de manera irreparable) del pensamiento más o menos estrófico del siglo romántico de Carnot o Lamartine. Parece como si la lírica se hubiera emancipado del tiempo. Los poemas modernos están excesivamente lastrados de pensamiento conceptual, lo que quiere decir que las imágenes no navegan como antaño en el fluir de la conciencia psicológica.
Nunca en verdad la lírica ha sido más fecunda en imágenes, pero estas imágenes que revisten conceptos y no señalan intuiciones que nunca reflejan experiencias vitales, carecen de raíz emotiva, de sabia cordial. El nuevo barroco literario como el de ayer malinterpretado por la crítica, nos da una abigarrada y profunda imaginería conceptual.
Hoy, como ayer, conceptistas y culteranos tienen el concepto, no la intuición por denominador común. Cuando leemos algún poeta de nuestros días, recordemos a Paul Valéry entre los franceses, a Jorge Guillén entre los españoles, buscamos en su obra la línea melódica trazada sobre el sentir individual. No la encontramos.
Su frigidez nos desconcierta y en parte nos repele. ¿Son poetas sin alma? Yo no vacilaría en afirmarlo si por alma entendemos aquella cálida zona de nuestra psique que constituye nuestra intimidad, el húmedo rincón de nuestros sueños humanos, demasiado humanos, donde cada hombre cree encontrarse a sí mismo al margen de la vida cósmica y universal.
Esta zona media que fue mucho, si no todo para el poeta de ayer, tiende a ser el campo vedado para el poeta de hoy. En ella queda lo esencialmente anímico, lo afectivo, lo emotivo, lo pasional, lo concupiscente, los amores, no el amor ingénere, los deseos y apetitos de cada hombre, su íntimo y único paisaje, su historia tejida de anécdotas singulares.
A todo ello siente el poeta actual un invencible repugnancia. De todo ello quisiera el poeta purificarse para elevarse mejor a las regiones del espíritu. Porque este poeta sin alma no es necesariamente un poeta sin espiritualidad. Antes aspira a ella, con la mayor vehemencia.
Y ahora podemos emplear la expresión “poesía pura” , conscientes al menos de una marcada en el poeta. Empleo de las imágenes como puro juego del intelecto. Bajo múltiple y enmarañada apariencia, es esto lo que se descubre en la poesía actual.
El poeta tiende a emanciparse del «Hic et nunc» (aquí y ahora) de la imagen del tiempo psíquico y el espacio concreto en que se produce su vida individual. Pretende que sus imágenes alcancen un valor algebraico como símbolos conceptuales de un arte combinatoria más o menos ingeniosa y sutil.
Esta lírica desubjetivizada, destemporalizada, deshumanizada, para emplear la certera expresión de nuestro Ortega y Gasset, es producto de una actividad más lógica que estética y solo una crítica superficial no atinará a descubrir en ella la madeja de conceptos que encierra su laberinto de imágenes.
Porque hoy como ayer las imágenes señalan intuiciones o revisten conceptos “tertium non datur” (una tercera cosa no se da), pero toda intuición es imposible al margen de la experiencia vital de cada hombre.
A los poetas de hoy pudiéramos aplicar “mutatis mutandis” (cambiando lo que se deba cambiar) los argumentos de Kant contra la metafísica de escuela y recordarles la parábola de aquella paloma que, al sentir en sus alas la resistencia del aire, sueña que podría volar mejor en el vacío.
Porque también hay una paloma lírica que pretende eliminar el tiempo para mejor elevarse a lo eterno que, como la kantiana, ignora la ley de su propio vuelo. El mañana. Triste cosa es ir para viejo y haber por ello echado la llave de nuestras simpatías.
Nuestra capacidad afectiva es mucho más limitada que la de nuestra comprensión. Y esto en tiempos de tónica juvenil, cuando el mundo se esfuerza en ir para joven y se empeña en las más atrevidas experiencias. Por todas partes las cosas parecen bruscamente cambiar. Como si el árbol total de la cultura se renovase por sus más ocultas raíces.
Fuerzas poderosas militan hoy contra los que suponíamos más firmes cimientos y más altos objetivos. Los postulados de la ciencia, del arte, de la moral aparecen inopinadamente removidos por nuevas concepciones del espacio, de la materia, de la economía, del estado, de la familia, transmutación de valor para emplear la expresión nietzschiana.
Cambio de estimativa que implica ciertamente la ruina de toda una sentimentalidad y al par, no lo dudamos, creación de otra nueva que han de revelarnos los poetas de mañana. Los valores de cada tiempo tienen uno de sus polos en el “Topus Uranus” (el hogar de las Ideas) de las ideas trascendentes y el otro en el corazón del hombre.
Yo no creo en una próxima edad frígida que excluya la actividad del poeta. Que el mundo venidero haya de ser, como supone Spengler, el de una civilización fría, puramente intelectualista y técnica, me parece una afirmación temeraria. Tampoco la aspiración de las masas hacia el poder y hacia el disfrute de los bienes del espíritu ha de ser necesariamente, como muchos suponen, una ola de barbarie que anegue la cultura y la arruine.
No está probado que el Principio de Clausius rija en lo espiritual como en el mundo de la materia y que una difusión de la cultura suponga una ineluctable degradación de la misma.
Difundir la cultura no es repartir un caudal limitado entre los muchos para que nadie lo goce por entero, sino despertar las almas dormidas y acrecentar el número de los capaces de espiritualidad.
Por lo demás, la defensa de la cultura como privilegio de clase implica, a mi juicio, defensa inconsciente de lo ruinoso y muerto y más que de valores actuales, defensa de prestigios caducados. Es cierto que una marcadísima apariencia nos muestra un mundo desencantado por el súbito despertar de la razón.
Cabe pensar sin frivolidad excesiva que caminamos hacia una nueva iluminación, hacia un “alglarum” nuevo (Nueva conciencia colectiva) y que nuestro siglo milita casi todo él contra las energías ocultas de los oscuros rincones de nuestra psique. Porque no se nos tache de reaccionarios, apenas mentamos y menos endiosamos, como nuestros abuelos, a la razón.
Pero contra apariencias aún más superficiales, tal vez no ha conocido la historia un hombre tan racionalizador en todos los sentidos de la palabra, como el hombre de nuestros días.
Cabe pensar sin demasiada inepcia que asistimos al triunfo del alimán (animal dañino) humano, que en plena posesión del mundo material aún aspira a regirse por normas estrictamente genéricas. Que los viejos fantasmas no huyen sin resistencia, muchos llevan el escudo al brazo y se defienden con denuedo y heroísmo. Mas parece que todos caminan en retirada.
Si alguien fuera capaz de escribir la epopeya aparente de nuestra época, nos daría el gran poema de la racionalización del mundo. Nos narraría el gran anábasis (viaje) de las sombras románticas. Sería este un tema épico tan a la altura de los tiempos como difícil para el débil estro (inspiración poética) de nuestros bardos. Yo no obstante, si tuviera autoridad literaria, lo aconsejaría a los jóvenes desaconsejándoles al par el superfluo manejo de elementos átonos e inertes rebuscados en vacía intimidad.
Cabe pensar esto porque al hombre le es dado, registrando apariencias, pensar en muchas cosas sin creer demasiado en ninguna de ellas. Por lo demás, los periodos revolucionarios como el nuestro son, contra lo que generalmente se afirma, los más insignificantes y los más equívocos de la historia, porque en ellos lo interesante ha pasado ya o no ha llegado todavía.
Desde la toma de la Bastilla hasta los últimos días del terror, nada aconteció en Francia que pueda compararse en importancia y trascendencia a una página de Rousseau.
Y cuando el diluvio universal, señores, para usar ejemplos del mayor bulto, qué poca cosa fueron los 40 días con sus 40 noches de aguacero ante la previa decisión del Altísimo de destruir el linaje humano o ante aquel arrepentirse la divinidad que le subsiguió.
Digo todo esto para mostrar mi escasa inclinación a sacar consecuencias inmediatas de ciertas premisas catastróficas; guerra europea, convulsiones sociales y políticas, que no son, a mi juicio, sino fenómenos de superficie.
Los alemanes que se prometían dominar el mundo, aspiración muy grande en verdad, cuando fueron vencidos porque el mundo prefirió ser libre, aspiración más grande todavía, han ejercitado su despecho decretando el próximo acabamiento de la cultura occidental.
No es cosa de tomar en serio el humor de estos hombres tipo Spengler de indudable ingenio, pero que nada profundo y original representan en su misma patria. Son los epígonos de aquellos jaleadores del germanismo, Gobineau, Saint-Beuve, cuyas ideas, moneda ya de cuño borroso y difícil curso, se pretende hoy sobre dorar.
Dejemos a un lado toda esta apresurada y tendenciosa prognosis de posguerra, nada propicia a la lírica ni en general a ninguna actividad estética y tornemos a donde antes habíamos llegado.
Al fin de aquella corriente subjetivista y a la fe metafísica más o menos consciente o confesada en el Solus ipse (el «yo solo», la soledad radical del sujeto), que tuvo el hombre del 800 que expresó su arte y muy especialmente la lírica. El poeta cantaba su soledad porque creía en ella.
A través de todo el siglo romántico resuena un tema negativo, el de la irrealidad de cuanto trasciende del sujeto individual. Nunca se insistirá demasiado sobre el escepticismo o fe agnóstica, puesto que en el fondo el alma humana solo contiene esencias y el solipsismo del 800.
Todo el siglo fue en lo profundo una reacción monstruosa contra los dos temas esenciales de la cultura occidental que son, ¿quién puede dudarlo?;
el de la dialéctica socrática que inventa la razón humana, la comunión mental de una pluralidad de sujetos en las ideas trascendentes y el de otra más sutil, dialéctica, del Cristo, que revela el objeto cordial y funda la fraternidad de los hombres emancipada de los vínculos de la sangre.
Solo Platón y el Cristo supieron dialogar porque ellos más que nadie creyeron en la realidad espiritual de su prójimo. El 800 en cambio se mostró en lo profundo incapaz para el diálogo, lo que explica el carácter egolátrico de su lírica. Su pensamiento parte siempre del yo para tornar a él.
Ninguna de sus metafísicas implica la realidad irreductible y absoluta del Tú. Esto es lo que quería decir mi apócrifo Juan de Mairena cuando afirmaba que el hombre del 800 no creyó seriamente en la existencia de su vecino.
Pero del mañana se dirá, del nuevo siglo, que para muchos comienza después de la guerra y para algunos apenas se ha comenzado todavía del mañana y de su poeta, de su hombre. ¿Quién se atreve a vaticinar? Cualquiera que no padezca del miedo por ir a equivocarse, que es en el fondo el fatuo anhelo de sentar plaza de infalible.
El mañana, señores, bien pudiera ser un retorno, nada enteramente nuevo bajo el sol, a la objetividad por un lado y a la fraternidad por otro. Una nueva fe, porque es en el campo de las creencias donde se plantean los problemas esenciales del espíritu, se ha iniciado ya.
Comienza el hombre nuevo a desconfiar de aquella soledad que fue causa de su desesperanza y motivo de su orgullo. Ya no es el mundo mi representación, como en lo más popular, la única verdad metafísica popular del 800. Se torna a creer en lo otro y en el otro, en la esencial heterogeneidad del ser.
El yo egolátrico de la yera (era; terreno donde se trillaba el trigo en las aldeas. Simboliza lo rural, lo auténtico y lo colectivo) parece hoy más humilde ante las cosas. Ellas están ahí y nadie ha probado que las engendre yo cuando las veo. Enfrente de mí hay ojos que me miran y que probablemente me ven y no serían ojos si no me viesen.
La poesía,para reasumir mi pensamiento en pocas palabras, no ha superado aún el momento barroco que mutatis mutandis, se da en los periodos de onda transformación. El momento equívoco en que el arte patina en la frontera de una época nueva, sin poder ser clásico y sin atreverse a ser plenamente moderno.
Hoy como ayer, el barroco es más gesto que acción y como siempre gesto híbrido que dibuja una fuerza que se padece, más que una fuerza creadora que se aplica a un objeto.
Literariamente es todavía ingenio y retórica, laberinto de imágenes, maraña de conceptos, actividad estéticamente perversa, que no excluye la moral, pero sí la naturaleza y la vida. El genio calla porque nada tiene que decir cuando el arte vuelve la espalda a la naturaleza y a la vida.
Los ingenios invaden el estadio y se entregan a toda suerte de ejercicios superfluos. Termino, Señor. director, señoras y señores académicos, reiterando mi agradecimiento por el desmedido honor con el que me ha distinguido la Real Academia Española. Muchas gracias por su atención.